YA HA SALIDO EL PHOTOBOLSILLO
YA ESTA A LA VENTA MI PHOTOBOLSILLO LA VERDAD ES QUE HAN HECHO UN TRABAJO FANTASTICO Y HA QUEDADO MARAVILLOSO. MUCHAS GRACIAS A LA GENTE DE LA FABRICA POR TODO EL CARIÑO QUE ME HAN DEMOSTRADO HACIENDO EL LIBRO.
TEXTO DE CHRISTIAN CAUJOLLE
LA VOZ DEL VIAJERO
Creo que no conocía personalmente a José Ramón Bas la primera vez que vi su obra, pero recuerdo la sorpresa que me provocó. En primer lugar, se debió al contexto: era uno de los ganadores del premio Fotopress, que otorgaba La Caixa, en Barcelona, y su obra desentonaba en medio de la de una serie de fotoperiodistas serios, pero con un enfoque clásico. Entre 1996 y 1998 había pasado temporadas en Cuba, que sin duda aprovechó bien, y ofrecía una visión de la isla sonriente, dinámica, por medio de imágenes tomadas con gran angular, en blanco y negro, aunque luego las había coloreado a mano (aún no existía Photoshop, herramienta que él sigue sin usar) y las había enmarcado haciendo que la pintura se desbordase e invadiese el marco, parte integrante de cada obra. Nada que ver, pues, con la simple documentación del modo de vida de un país atenazado por el bloqueo de Estados Unidos y el régimen castrista, nada que ver con el exotismo fácil de mares azules y macizos de buganvillas con jóvenes hermosas, delgadas y morenas. No obstante, se percibe ya en estas imágenes esa particular poesía y esa presencia de los niños que hasta hoy siguen surcando la trayectoria de un fotógrafo viajero, sin duda viajero antes que fotógrafo, que se nutre de sus encuentros, de sus pasiones, de su afición a los descubrimientos, con una libertad que no se ha visto modificada por el transcurso de los años ⎯pues, en él, la libertad es tan vital como la respiración⎯ y a la que nunca faltan ni la inspiración ni la experimentación. Hay que resaltar el hecho de que se trata de un viajero, no de un turista, lo cual constituye una diferencia esencial.
A partir de 1998 llega África, abordada a través de la Puerta de África, donde emplea copias viradas, marcos más finos, que parecían aspirar a pasar desapercibidos antes de desaparecer, y la escritura, la cual, de diversos modos, a veces simplemente reducida a signos, va a encontrar poco a poco su lugar dialogando con la imagen primera. Ya se vislumbra una especie de lúdico menosprecio de «la copia hermosa y perfecta» y un júbilo en la necesidad de transmitir cosas. África comienza en el desierto, con imágenes yuxtapuestas que se estiran como panorámicas sin pretender en ningún momento encajar a la perfección las unas con las otras para «reconstruir» un espacio «real», «auténtico» o «verosímil». Entran en juego aquí una flecha que atrae la mirada, guiándola, un trazo a lápiz rojo en torno a un personaje, el marco dentro del marco, una gramática o, en todo caso, elementos de una semántica propia.
Del mismo modo, en 1998 entra en juego la utilización de la incrustación en resina, en dos instalaciones que no se reproducen aquí. En Crysalida, una serie de miniaturas sacadas de una maleta que conservaba su familia queda atrapada en esa materia translúcida que despierta los aromas y el recuerdo de un regalo navideño de la infancia (cuya venta estaría prohibida hoy día) y que dialoga con la práctica de una artesana joyera amiga suya. Unidas por dos anillos, las pequeñas imágenes juegan con la luz que las atraviesa, creando una estalactita elegante y frágil, una escultura aérea del recuerdo que se instala en el espacio.
En El viaje de la tía Mercedes volvemos a encontrar, declinada en dimensiones variables, esa recuperación de la memoria familiar. Esta obra reúne, siempre unidas con anillas, protegidas en caparazones de plástico y expuestas por el lado de la fotografía o por el del texto, las tarjetas postales enviadas por una tía abuela casada con un aristócrata francés que trabajaba en Wagon Lits y que, por ello, viajaba mucho. Con sus sellos y matasellos, con unas cuantas palabras escritas o un verdadero pensamiento, con sus vistas típicas, estas cortinas de papel cargadas de recuerdos y separadas del muro dejan que la luz penetre en ellas y las haga vibrar.
Con Viaje impreciso, 2001 será el año de la afirmación del viaje, el que nos lleva de Egipto a Cuba, Brasil, Marruecos, Tailandia, Turquía o a otros lugares, lo cual no tiene la menor importancia. Sí que la tiene, en cambio, la definición de la forma, que entra en juego para desempeñar un papel esencial y que perdura hasta hoy. Ya no hay marco, sino objetos de resina, de cinco centímetros de grosor, en formatos que van desde los diez centímetros hasta un metro de lado, cuadrados, rectangulares o panorámicos, colgados en línea de la pared, en paneles, a veces en varias filas, y que contienen copias a menudo maltratadas, paisajes, rostros, instantáneas que no tienen miedo a estar borrosas. Impresiones coleccionadas y luego fotografiadas, marcadas con cruces, círculos, textos, manchas blancas, aviones trazados con aparente torpeza, que dialogan con dibujos o con signos hechos con tiza en el fondo negro de pizarras de colegio. Escenas de billar snooker, de fútbol.
A partir de 2004, el viaje se vuelve más preciso y pone rumbo al cuerno de África, hacia Zanzíbar, cuya isla de mayor tamaño, como oportunamente nos recuerda José Ramón Bas, se llama Unguja. Sentimos la humedad, descubrimos los paisajes, las palmeras, la arena, las bicicletas, los juguetes hechos con nada porque los niños siempre están presentes. Sobre el mar, el cielo puede poblarse de escritura o un signo puede señalar el horizonte. Hay personajes que surcan ese mundo de arena, cielo y agua, como una mujer con su hijo a cuestas, rodeado por un círculo rojo, y, cuando de la copia se viñetea en las cuatro esquinas, unos trazos a lápiz en la parte inferior le devuelven la estabilidad a la imagen. Todo ello respira con un aliento armonioso y vital.
Ícaro, serie que inició en 2005 y a la que ha regresado incontables veces en forma de libro objeto, de copias de formatos diferentes (para José Ramón Bas, el negativo es una matriz, de tal modo que, a partir de la misma imagen, en función de sus humores, de sus sensaciones y de sus emociones, puede crear obras distintas), marca la importancia o, más bien, una presencia más pronunciada del color. En esta serie, cuyo título es el nombre de un chaval de doce años que, en Ceara (Brasil), se hizo amigo del fotógrafo y le sirvió de improvisado ayudante («Jamás he conocido a nadie con un nombre tan ligado a su aspecto: realmente era una encarnación del mito de Ícaro»), el color está presente con naturalidad, sin llamar la atención, en total libertad de cohabitación con el blanco y negro. Ícaro, el sueño de volar que fue ⎯o sigue siendo⎯ el de todos los niños. Al pequeño Ícaro brasileño José Ramón Bas le ha encontrado unas alas y un precioso trazo a lápiz rojo que destaca el tono acaramelado de su piel. Adquiere importancia el tratamiento de los fondos, en los que emplea la técnica del lavado, el colaje con lazo negro, de nuevo la escritura, el dibujo que desborda la imagen y se escapa hacia la imagen vecina, donde la fotografía ha sido olvidada voluntariamente para no dejar más que los contornos en blanco y negro sobre fondo negro.
En 2006, pone rumbo a Camerún para crear Mukalo (palabra que significa «blanquito» y que puede designar tanto a un niño albino como a un occidental, algo que fascina a nuestro José Ramón Bas. El trabajo que se desarrolla está irrigado de dibujos, busca su camino en las formas, viaja, inventa rizomas imprevistos, sorpresas. Entre tanto, se construye un tren, un pequeño tren hecho de objetos, de latas de bebidas, de mapas, de fotografías. Actualmente, consta de veintiún vagones de veinte centímetros cada uno, unidos mediante imanes. José Ramón Bas quiere seguir enriqueciéndolo, asociando con él también objetos que son recuerdos de viajes de algunos de sus amigos. Nimele Bolo, título tomado del dialecto douala, reúne niños de diversas regiones de África, que el artista saca de su contexto mediante el tratamiento de los fondos, paisajes surcados por reminiscencias de la infancia. El término da la perspectiva de un nuevo impulso, como el de la piragua que retoma el curso de agua. Su serie más reciente, Ndar ⎯nombre de la ciudad senegalesa de San Luis en lengua wolof⎯, demuestra, una vez más mediante la presencia de niños portadores de esperanza, que José Ramón Bas se sumerge en África con ternura y respeto, cada vez más profundamente.
José Ramón Bas, inclasificable poeta, entregado por entero a su libertad y a sus descubrimientos, sigue siendo un niño delicioso, inventivo y risueño, un viajante, un manitas que se parece mucho a esos críos capaces de maravillarse e inventar juguetes maravillosos con los objetos que los rodean. Y esto es algo que sienta muy bien.
Christian Caujolle
I don’t think I knew José Ramón Bas personally the first time I saw his work, but I remember how much it surprised me. This was due primarily to the context. He was one of the winners of the Fotopress Prize awarded by the La Caixa savings bank in Barcelona, and his work seemed out of tune with that of other serious photojournalists who used a traditional approach. He had spent time in Cuba on several occasions between 1996 and 1998 and had undoubtedly taken advantage of his stays, offering a cheerful, dynamic vision of the island in black and white images shot with a wide angular lens that he had subsequently coloured by hand. (PhotoShop didn’t exist then and is a tool he still doesn’t use today.) He had framed them, letting the paint overflow and invade the frame, an integral part of each work. His photographs had nothing to do, therefore, with simple documentation of the way of life in a country in the grips of the U.S. blockade and the Castro regime, and nothing to do with the facile exoticism of a blue ocean, clumps of bougainvilleas and beautiful, thin, dark young women. And yet, these images already showed that special poetry and the presence of children that still continue to define the path of this travelling photographer, someone who is undeniably a traveller first and then a photographer; someone nourished by his encounters, passions, love of discovery and in possession of a freedom that the passing years have not altered – because for José Ramón Bas, freedom is as essential as breathing and never lacks inspiration and experimentation. The fact that he is a traveller and not a tourist should be emphasised, because it determines a vital difference.
From 1998 onward, Africa became part of his life. He addressed it in Puerta de África (Gate to Africa), where he used toned prints and thinner frames that seemed to be trying to escape notice before disappearing, in addition to writing, which in a variety of ways – sometimes reduced simply to signs – gradually settled into a dialogue with the image. A kind of playful contempt for the “beautiful, perfect print” can be detected as well as joy in the need to convey things. Africa begins in the desert, with juxtaposed images that stretch out like panoramic views but with no attempt to fit them together perfectly and “reconstruct” a “real”, “authentic” or "plausible" space. Elements entering into play here include an arrow that attracts our gaze and guides it, a red pencil stroke around a character, a frame within the frame, a grammar o, in any case, the components of a personal semantics.
Similarly, in 1998 he initiated the use of embeddings in resin in two installations that are not reproduced herein. In Crysalida (Chrysalis), miniature photographs taken from a suitcase his family had preserved are trapped in this translucent material that awakens the aroma and memory of a childhood Christmas gift (its sale would be prohibited today) and interacts with the practice of a friend who is a jewellery craftswoman. Linked by two rings, the small images play with the light that pierces them, creating an elegant, fragile stalactite, an aerial sculpture of memory that is installed in space.
In El viaje de la tía Mercedes (Aunt Mercedes’ Journey), we find this recovery of family memories expressed anew in other dimensions. This work gathers together postcards received from his great aunt, who was married to a French aristocrat who worked for Wagon Lits and therefore travelled frequently. They are linked by rings and protected by plastic covers that show the side of the card containing a photograph or text. With their stamps, postmarks, a few written words, deeper thoughts or typical views, these paper curtains loaded with memories are separated from the wall, letting light penetrate them and make them vibrate.
With Viaje impreciso (An Imprecise Journey), 2001 became the year that affirmed travel, the year that carried us from Egypt to Cuba, Brazil, Morocco, Thailand, Turkey and other destinations, something that really doesn’t matter. What does matter, however, is the definition of form, which at that time began to play the essential role that it has continued to play until today. There are no longer any frames, and in their place resin objects five centimetres thick in formats that vary from ten centimetres to one metre per side, whether square, rectangular or panoramic, are hung in line with the wall, in panels and sometimes in various rows, containing prints that have often been handled poorly: landscapes, faces and snapshots that don’t mind being blurry, impressions collected and then photographed and marked with crosses, circles, texts, white spots and airplanes apparently clumsily drawn that converse with drawings or signs traced in chalk on the dark background of school blackboards. Snooker and football scenes.
From 2004 onward, travel became even more necessary and the artist set out for the Horn of Africa heading toward Zanzibar, whose largest island, as José Ramón Bas opportunely reminds us, is called Unguja. We feel the humidity; we discover the landscapes, palm trees, sand, bicycles and toys made from nothing – because children are always present. Over the ocean, the sky may be filled with writing or a sign may point out the horizon. Characters cross this world of sand, sky and water, such as a woman carrying a child on her back, surrounded by a red circle, and when all four corners of the print are vignetted, some pencil strokes in the lower part of the image restore stability. Everything breathes a harmonious, vital breath.
Ícaro, the series he began in 2005 and to which he has returned innumerable times in the form of a book-object or prints in various formats (for José Ramón Bas a negative is a matrix that can be used to create different works according to his state of mind, feelings and emotions), marks the importance or more pronounced presence of colour. In this series, titled with the name of a twelve-year old boy who became friendly with the photographer in Ceara (Brazil) and served him as an improvised assistant (“I have never known anyone with a name so in keeping with his appearance; he was truly the embodiment of the Icarus myth”), colour is present naturally without calling attention to itself and totally free to coexist with black and white: Icarus, the dream of flying that was – and continues to be – held by all children. José Ramón Bas has found wings for the small Brazilian Icarus and a precious stroke of red pencil highlights the caramel-like hue of his skin. Once again, the treatment of background becomes important and again he uses a wash technique, affixing the images with black tape, and adding writing and drawings that spill out of the print to escape toward a neighbouring image where a photograph has been voluntarily forgotten in order to leave no more than black and white outlines on a black background.
In 2006, Bas set out for Cameroon to create Mukalo (a word that means “whitey” and can designate either an albino child or a Westerner, an idea that fascinated the artist). Drawings are all over this work; he seeks his path amongst shapes, travelling and inventing unforeseen rhizomes and surprises. Meanwhile a train is built, a small train made of objects, beverage cans, maps and photographs. Currently Bas wants to continue to enrich the train by also adding souvenirs of trips made by some of his friends. Nimele Bolo, a title taken from the Douala dialect, brings together children from various African regions. The artist takes them out of context by working on the backgrounds: landscapes filled by childhood reminiscences. The term conveys the perspective of a new drive, like that shown by a canoe upon re-entering the water’s course. His most recent series, Ndar ⎯the name of the Senegalese city of Saint-Louis in the Wolof language – shows once again in the presence of children bringing hope, that José Ramón Bas is being submerged in Africa with increasing depth as well as tenderness and respect.
José Ramón Bas, a poet impossible to classify, totally devoted to his freedom and his discoveries, continues to be a delightful, inventive, smiling child, a traveller, and a handyman who resembles those children able to marvel at and invent wonderful toys with the objects surrounding them. And that is something that really feels good.
Christian Caujolle
LA FABRICA
EL FOTOGRAFO IMAGINARIO

TEXTO DE CHRISTIAN CAUJOLLE
LA VOZ DEL VIAJERO
Creo que no conocía personalmente a José Ramón Bas la primera vez que vi su obra, pero recuerdo la sorpresa que me provocó. En primer lugar, se debió al contexto: era uno de los ganadores del premio Fotopress, que otorgaba La Caixa, en Barcelona, y su obra desentonaba en medio de la de una serie de fotoperiodistas serios, pero con un enfoque clásico. Entre 1996 y 1998 había pasado temporadas en Cuba, que sin duda aprovechó bien, y ofrecía una visión de la isla sonriente, dinámica, por medio de imágenes tomadas con gran angular, en blanco y negro, aunque luego las había coloreado a mano (aún no existía Photoshop, herramienta que él sigue sin usar) y las había enmarcado haciendo que la pintura se desbordase e invadiese el marco, parte integrante de cada obra. Nada que ver, pues, con la simple documentación del modo de vida de un país atenazado por el bloqueo de Estados Unidos y el régimen castrista, nada que ver con el exotismo fácil de mares azules y macizos de buganvillas con jóvenes hermosas, delgadas y morenas. No obstante, se percibe ya en estas imágenes esa particular poesía y esa presencia de los niños que hasta hoy siguen surcando la trayectoria de un fotógrafo viajero, sin duda viajero antes que fotógrafo, que se nutre de sus encuentros, de sus pasiones, de su afición a los descubrimientos, con una libertad que no se ha visto modificada por el transcurso de los años ⎯pues, en él, la libertad es tan vital como la respiración⎯ y a la que nunca faltan ni la inspiración ni la experimentación. Hay que resaltar el hecho de que se trata de un viajero, no de un turista, lo cual constituye una diferencia esencial.
A partir de 1998 llega África, abordada a través de la Puerta de África, donde emplea copias viradas, marcos más finos, que parecían aspirar a pasar desapercibidos antes de desaparecer, y la escritura, la cual, de diversos modos, a veces simplemente reducida a signos, va a encontrar poco a poco su lugar dialogando con la imagen primera. Ya se vislumbra una especie de lúdico menosprecio de «la copia hermosa y perfecta» y un júbilo en la necesidad de transmitir cosas. África comienza en el desierto, con imágenes yuxtapuestas que se estiran como panorámicas sin pretender en ningún momento encajar a la perfección las unas con las otras para «reconstruir» un espacio «real», «auténtico» o «verosímil». Entran en juego aquí una flecha que atrae la mirada, guiándola, un trazo a lápiz rojo en torno a un personaje, el marco dentro del marco, una gramática o, en todo caso, elementos de una semántica propia.
Del mismo modo, en 1998 entra en juego la utilización de la incrustación en resina, en dos instalaciones que no se reproducen aquí. En Crysalida, una serie de miniaturas sacadas de una maleta que conservaba su familia queda atrapada en esa materia translúcida que despierta los aromas y el recuerdo de un regalo navideño de la infancia (cuya venta estaría prohibida hoy día) y que dialoga con la práctica de una artesana joyera amiga suya. Unidas por dos anillos, las pequeñas imágenes juegan con la luz que las atraviesa, creando una estalactita elegante y frágil, una escultura aérea del recuerdo que se instala en el espacio.
En El viaje de la tía Mercedes volvemos a encontrar, declinada en dimensiones variables, esa recuperación de la memoria familiar. Esta obra reúne, siempre unidas con anillas, protegidas en caparazones de plástico y expuestas por el lado de la fotografía o por el del texto, las tarjetas postales enviadas por una tía abuela casada con un aristócrata francés que trabajaba en Wagon Lits y que, por ello, viajaba mucho. Con sus sellos y matasellos, con unas cuantas palabras escritas o un verdadero pensamiento, con sus vistas típicas, estas cortinas de papel cargadas de recuerdos y separadas del muro dejan que la luz penetre en ellas y las haga vibrar.
Con Viaje impreciso, 2001 será el año de la afirmación del viaje, el que nos lleva de Egipto a Cuba, Brasil, Marruecos, Tailandia, Turquía o a otros lugares, lo cual no tiene la menor importancia. Sí que la tiene, en cambio, la definición de la forma, que entra en juego para desempeñar un papel esencial y que perdura hasta hoy. Ya no hay marco, sino objetos de resina, de cinco centímetros de grosor, en formatos que van desde los diez centímetros hasta un metro de lado, cuadrados, rectangulares o panorámicos, colgados en línea de la pared, en paneles, a veces en varias filas, y que contienen copias a menudo maltratadas, paisajes, rostros, instantáneas que no tienen miedo a estar borrosas. Impresiones coleccionadas y luego fotografiadas, marcadas con cruces, círculos, textos, manchas blancas, aviones trazados con aparente torpeza, que dialogan con dibujos o con signos hechos con tiza en el fondo negro de pizarras de colegio. Escenas de billar snooker, de fútbol.
A partir de 2004, el viaje se vuelve más preciso y pone rumbo al cuerno de África, hacia Zanzíbar, cuya isla de mayor tamaño, como oportunamente nos recuerda José Ramón Bas, se llama Unguja. Sentimos la humedad, descubrimos los paisajes, las palmeras, la arena, las bicicletas, los juguetes hechos con nada porque los niños siempre están presentes. Sobre el mar, el cielo puede poblarse de escritura o un signo puede señalar el horizonte. Hay personajes que surcan ese mundo de arena, cielo y agua, como una mujer con su hijo a cuestas, rodeado por un círculo rojo, y, cuando de la copia se viñetea en las cuatro esquinas, unos trazos a lápiz en la parte inferior le devuelven la estabilidad a la imagen. Todo ello respira con un aliento armonioso y vital.
Ícaro, serie que inició en 2005 y a la que ha regresado incontables veces en forma de libro objeto, de copias de formatos diferentes (para José Ramón Bas, el negativo es una matriz, de tal modo que, a partir de la misma imagen, en función de sus humores, de sus sensaciones y de sus emociones, puede crear obras distintas), marca la importancia o, más bien, una presencia más pronunciada del color. En esta serie, cuyo título es el nombre de un chaval de doce años que, en Ceara (Brasil), se hizo amigo del fotógrafo y le sirvió de improvisado ayudante («Jamás he conocido a nadie con un nombre tan ligado a su aspecto: realmente era una encarnación del mito de Ícaro»), el color está presente con naturalidad, sin llamar la atención, en total libertad de cohabitación con el blanco y negro. Ícaro, el sueño de volar que fue ⎯o sigue siendo⎯ el de todos los niños. Al pequeño Ícaro brasileño José Ramón Bas le ha encontrado unas alas y un precioso trazo a lápiz rojo que destaca el tono acaramelado de su piel. Adquiere importancia el tratamiento de los fondos, en los que emplea la técnica del lavado, el colaje con lazo negro, de nuevo la escritura, el dibujo que desborda la imagen y se escapa hacia la imagen vecina, donde la fotografía ha sido olvidada voluntariamente para no dejar más que los contornos en blanco y negro sobre fondo negro.
En 2006, pone rumbo a Camerún para crear Mukalo (palabra que significa «blanquito» y que puede designar tanto a un niño albino como a un occidental, algo que fascina a nuestro José Ramón Bas. El trabajo que se desarrolla está irrigado de dibujos, busca su camino en las formas, viaja, inventa rizomas imprevistos, sorpresas. Entre tanto, se construye un tren, un pequeño tren hecho de objetos, de latas de bebidas, de mapas, de fotografías. Actualmente, consta de veintiún vagones de veinte centímetros cada uno, unidos mediante imanes. José Ramón Bas quiere seguir enriqueciéndolo, asociando con él también objetos que son recuerdos de viajes de algunos de sus amigos. Nimele Bolo, título tomado del dialecto douala, reúne niños de diversas regiones de África, que el artista saca de su contexto mediante el tratamiento de los fondos, paisajes surcados por reminiscencias de la infancia. El término da la perspectiva de un nuevo impulso, como el de la piragua que retoma el curso de agua. Su serie más reciente, Ndar ⎯nombre de la ciudad senegalesa de San Luis en lengua wolof⎯, demuestra, una vez más mediante la presencia de niños portadores de esperanza, que José Ramón Bas se sumerge en África con ternura y respeto, cada vez más profundamente.
José Ramón Bas, inclasificable poeta, entregado por entero a su libertad y a sus descubrimientos, sigue siendo un niño delicioso, inventivo y risueño, un viajante, un manitas que se parece mucho a esos críos capaces de maravillarse e inventar juguetes maravillosos con los objetos que los rodean. Y esto es algo que sienta muy bien.
Christian Caujolle
I don’t think I knew José Ramón Bas personally the first time I saw his work, but I remember how much it surprised me. This was due primarily to the context. He was one of the winners of the Fotopress Prize awarded by the La Caixa savings bank in Barcelona, and his work seemed out of tune with that of other serious photojournalists who used a traditional approach. He had spent time in Cuba on several occasions between 1996 and 1998 and had undoubtedly taken advantage of his stays, offering a cheerful, dynamic vision of the island in black and white images shot with a wide angular lens that he had subsequently coloured by hand. (PhotoShop didn’t exist then and is a tool he still doesn’t use today.) He had framed them, letting the paint overflow and invade the frame, an integral part of each work. His photographs had nothing to do, therefore, with simple documentation of the way of life in a country in the grips of the U.S. blockade and the Castro regime, and nothing to do with the facile exoticism of a blue ocean, clumps of bougainvilleas and beautiful, thin, dark young women. And yet, these images already showed that special poetry and the presence of children that still continue to define the path of this travelling photographer, someone who is undeniably a traveller first and then a photographer; someone nourished by his encounters, passions, love of discovery and in possession of a freedom that the passing years have not altered – because for José Ramón Bas, freedom is as essential as breathing and never lacks inspiration and experimentation. The fact that he is a traveller and not a tourist should be emphasised, because it determines a vital difference.
From 1998 onward, Africa became part of his life. He addressed it in Puerta de África (Gate to Africa), where he used toned prints and thinner frames that seemed to be trying to escape notice before disappearing, in addition to writing, which in a variety of ways – sometimes reduced simply to signs – gradually settled into a dialogue with the image. A kind of playful contempt for the “beautiful, perfect print” can be detected as well as joy in the need to convey things. Africa begins in the desert, with juxtaposed images that stretch out like panoramic views but with no attempt to fit them together perfectly and “reconstruct” a “real”, “authentic” or "plausible" space. Elements entering into play here include an arrow that attracts our gaze and guides it, a red pencil stroke around a character, a frame within the frame, a grammar o, in any case, the components of a personal semantics.
Similarly, in 1998 he initiated the use of embeddings in resin in two installations that are not reproduced herein. In Crysalida (Chrysalis), miniature photographs taken from a suitcase his family had preserved are trapped in this translucent material that awakens the aroma and memory of a childhood Christmas gift (its sale would be prohibited today) and interacts with the practice of a friend who is a jewellery craftswoman. Linked by two rings, the small images play with the light that pierces them, creating an elegant, fragile stalactite, an aerial sculpture of memory that is installed in space.
In El viaje de la tía Mercedes (Aunt Mercedes’ Journey), we find this recovery of family memories expressed anew in other dimensions. This work gathers together postcards received from his great aunt, who was married to a French aristocrat who worked for Wagon Lits and therefore travelled frequently. They are linked by rings and protected by plastic covers that show the side of the card containing a photograph or text. With their stamps, postmarks, a few written words, deeper thoughts or typical views, these paper curtains loaded with memories are separated from the wall, letting light penetrate them and make them vibrate.
With Viaje impreciso (An Imprecise Journey), 2001 became the year that affirmed travel, the year that carried us from Egypt to Cuba, Brazil, Morocco, Thailand, Turkey and other destinations, something that really doesn’t matter. What does matter, however, is the definition of form, which at that time began to play the essential role that it has continued to play until today. There are no longer any frames, and in their place resin objects five centimetres thick in formats that vary from ten centimetres to one metre per side, whether square, rectangular or panoramic, are hung in line with the wall, in panels and sometimes in various rows, containing prints that have often been handled poorly: landscapes, faces and snapshots that don’t mind being blurry, impressions collected and then photographed and marked with crosses, circles, texts, white spots and airplanes apparently clumsily drawn that converse with drawings or signs traced in chalk on the dark background of school blackboards. Snooker and football scenes.
From 2004 onward, travel became even more necessary and the artist set out for the Horn of Africa heading toward Zanzibar, whose largest island, as José Ramón Bas opportunely reminds us, is called Unguja. We feel the humidity; we discover the landscapes, palm trees, sand, bicycles and toys made from nothing – because children are always present. Over the ocean, the sky may be filled with writing or a sign may point out the horizon. Characters cross this world of sand, sky and water, such as a woman carrying a child on her back, surrounded by a red circle, and when all four corners of the print are vignetted, some pencil strokes in the lower part of the image restore stability. Everything breathes a harmonious, vital breath.
Ícaro, the series he began in 2005 and to which he has returned innumerable times in the form of a book-object or prints in various formats (for José Ramón Bas a negative is a matrix that can be used to create different works according to his state of mind, feelings and emotions), marks the importance or more pronounced presence of colour. In this series, titled with the name of a twelve-year old boy who became friendly with the photographer in Ceara (Brazil) and served him as an improvised assistant (“I have never known anyone with a name so in keeping with his appearance; he was truly the embodiment of the Icarus myth”), colour is present naturally without calling attention to itself and totally free to coexist with black and white: Icarus, the dream of flying that was – and continues to be – held by all children. José Ramón Bas has found wings for the small Brazilian Icarus and a precious stroke of red pencil highlights the caramel-like hue of his skin. Once again, the treatment of background becomes important and again he uses a wash technique, affixing the images with black tape, and adding writing and drawings that spill out of the print to escape toward a neighbouring image where a photograph has been voluntarily forgotten in order to leave no more than black and white outlines on a black background.
In 2006, Bas set out for Cameroon to create Mukalo (a word that means “whitey” and can designate either an albino child or a Westerner, an idea that fascinated the artist). Drawings are all over this work; he seeks his path amongst shapes, travelling and inventing unforeseen rhizomes and surprises. Meanwhile a train is built, a small train made of objects, beverage cans, maps and photographs. Currently Bas wants to continue to enrich the train by also adding souvenirs of trips made by some of his friends. Nimele Bolo, a title taken from the Douala dialect, brings together children from various African regions. The artist takes them out of context by working on the backgrounds: landscapes filled by childhood reminiscences. The term conveys the perspective of a new drive, like that shown by a canoe upon re-entering the water’s course. His most recent series, Ndar ⎯the name of the Senegalese city of Saint-Louis in the Wolof language – shows once again in the presence of children bringing hope, that José Ramón Bas is being submerged in Africa with increasing depth as well as tenderness and respect.
José Ramón Bas, a poet impossible to classify, totally devoted to his freedom and his discoveries, continues to be a delightful, inventive, smiling child, a traveller, and a handyman who resembles those children able to marvel at and invent wonderful toys with the objects surrounding them. And that is something that really feels good.
Christian Caujolle
LA FABRICA
EL FOTOGRAFO IMAGINARIO
La première fois où j’ai vu le travail de José Ramon Bas, je ne crois pas l’avoir rencontré, mais je me souviens de ma surprise. Elle était d’abord due au contexte : il était un des lauréats du prix Fotopress décerné à Barcelone par la Caixa et, au milieu de photojournalistes sérieux mais classiques dans leur approche, ses œuvres détonnaient. Il avait, entre 1996 et 1998 passé du temps, certainement du bon temps, à Cuba. Et il en rapportait une vision souriante, dynamique, dans des images grand angle, en noir et blanc mais qu’il avait recoloriées, à la main (c’était avant Photoshop, qu’il n’utilise toujours pas) et qu’il avait encadrées en faisant déborder et couler de la peinture sur les baguettes qui faisaient partie intégrante de la pièce. Rien à voir, donc, avec la documentation du mode de vie d’un pays pris en tenaille entre le blocus U.S. et le régime castriste, rien à voir avec l’exotisme facile des mers bleues et des bougainvillées avec jolies jeunes filles en lianes brunes. Mais on trouvait là, déjà, cette poésie singulière et cette présence des enfants qui, jusqu’à aujourd’hui, traversent le parcours d’un photographe voyageur, certainement voyageur avant d’être photographe, qui se nourrit de ses rencontres, de ses passions, de son plaisir de la découverte avec une liberté inchangée au fil des années (la liberté est chez lui aussi vitale que la respiration) et qui n’est jamais en manque ni d’inspiration ni d’expérimentation. On dit bien voyageur, pas touriste. C’est essentiel.
Vint ensuite l’Afrique, dès 1998, qu’il aborda par la « Puerta de Africa » avec des tirages virés, des cadres plus fins aspirant à se faire oublier avant de disparaître et l’écriture qui, sous diverses modalités, parfois simplement ramenée à des signes, va peu à peu trouver sa place en dialoguant avec l’image première. On sent déjà une forme d’irrespect ludique pour le « beau tirage parfait » et une jubilation dans la nécessité de se dire. L’Afrique, elle commence avec le désert, avec les images accolées qui adoptent l’étirement du panoramique sans jamais chercher à se jointer parfaitement pour « reconstruire » un espace « réel », « vrai » ou « vraisemblable ». Une flèche pour attirer l’œil, le guider, un coup de crayon rouge autour d’un personnage, cadre dans le cadre, une grammaire, ou en tout cas des éléments d’une sémantique propre sont en train de se mettre en place.
Comme se met en place, en 1998, l’usage de l’inclusion sous résine, dans deux installations qui ne sont pas reproduites ici. Pour « Crysalida », un ensemble de miniatures, venues d’une valise conservée dans la famille, sont enserrées dans la matière translucide qui réveille les odeurs et le souvenir d’un cadeau de Noël (qui serait aujourd’hui interdit à la vente) au temps de l’enfance et qui dialogue avec la pratique d’une amie fabricant des bijoux. Reliées par deux anneaux, les petites images jouent avec la lumière qui les traverse et créent une élégante et fragile stalactite, une aérienne sculpture du souvenir installée dans l’espace.
On retrouve, en déclinaison à dimensions variables, cette récupération de la mémoire familiale avec « El viaje de la Tia Mercedes » qui réunit, toujours avec des anneaux et dans leur gangue de plastique, les cartes postales, côté image ou côté écriture, envoyées par une grand tante qui avait épousé un aristocrate français employé des Wagons Lits et qui voyagea beaucoup. Avec leurs timbres poste, quelques mots ou une vraie pensée, leurs tampons, leurs vues typiques, ces rideaux de papier chargés de mémoire et détachés du mur laissent la lumière les pénétrer et les faire vibrer.
2001 sera l’affirmation du voyage, avec « Viaje Impreciso » qui nous mène d’Egypte à Cuba, au Brésil, au Maroc, en Thaïlande, en Turquie ou ailleurs, ce qui n’a aucune importance. La définition de la forme enfin mise en place, par contre, en aune, essentielle, et qui se poursuit jusqu’à aujourd’hui. Plus du tout de cadre, des objets en résine, épais de cinq centimètres, de formats allant de dix centimètres à un mètre de côté, carrés, rectangulaires ou panoramiques, qui s’accrochent au mur, en ligne, en panneaux, parfois sur plusieurs rangs, et qui contiennent des tirages souvent maltraités, des paysages, des visages, des instantanés qui ne reculent pas devant le flou. Des impressions collectionnées puis mises sous boite, marquées de croix, de cercles, de textes, de taches blanches, d’avions au dessin apparemment malhabile qui dialoguent avec des dessins ou signes à la craie sur le fond noir d’ardoises d’écoliers. Des scènes de snooker, de football.
Dès 2004, le voyage devient plus précis, vers la corne de l’Afrique, vers Zanzibar dont José Ramon Bas nous rappelle opportunément que la plus grande des îles se nomme Unguja. On ressent la moiteur, on découvre les paysages, les palmes, le sable, les vélos, les jouets faits de rien puisque les enfants sont toujours là. Au-dessus de la mer, le ciel peut se peupler d’écriture ou un signe pointer l’horizon. Ce monde de sable, de ciel et d’eau est traversé de personnages, d’une femme portant son enfant désigné dans un cercle rouge quand, aux quatre coins l’image vignette, que des hachures au crayon, tout en bas du tirage, lui redonnent une stabilité. Tout cela respire, d’une respiration harmonieuse et vitale.
« Icaro », commencé en 2005 et retraité maintes fois sous forme de livre objet, de tirages de formats différents (il est acquis, pour José Ramon Bas, que le négatif est une matrice et, qu’à partir d’une même vue, il va, selon les humeurs, selon ses sensations et ses émotions, pouvoir créer des œuvres distinctes) marque l’importance, ou plutôt la présence plus forte de la couleur. Pour cette série qui tire son nom de celui d’un gamin de douze ans qui, à Ceara, au Brésil, devint ami avec le photographe et s’improvisa assistant (« Je n’ai jamais connu quiconque dont le nom soit ainsi lié à son allure ; il était réellement une incarnation du mythe d’Icare ») la couleur est là avec naturel, sans éclat, avec une totale liberté de cohabitation avec le noir et blanc. Icare, rêve de s’envoler qui fut – ou reste- celui de tous les enfants. Pour le petit Icare brésilien, José Ramon Bas a trouvé des ailes, et un joli coup de crayon rouge qui souligne le caramel de la peau. Le travail sur les fonds prend de l’importance, avec du lavis, du collage avec du ruban toilé noir, de l’écriture encore, du dessin qui déborde, s’échappe vers l’inclusion voisine où la photographie a été oubliée volontairement pour que n’en restent que les contours en blanc sur fond noir.
En 2006, direction le Cameroun, pour Mukalo (qui signifie petit blanc et qui peut désigner aussi bien un enfant albinos qu’un occidental, ce qui ravit notre José Ramon Bas). Le travail se poursuit, irrigué de dessins, cherchant sa voie dans les formes, voyageant, inventant des rhizomes imprévus, des surprises. Pendant ce temps se construit un train, un petit train fait d’objets, de canettes de boissons, de cartes, de photographies. Il compte actuellement vingt et un wagons de vingt centimètres chacun, réunis par des aimants. José Ramon Bas veut continuer à l’enrichir, en y associant aussi des objets souvenirs de voyage de certains de ses amis. Nimele Bolo , titre emprunté au dialecte douala réunit, venus de diverses régions d’Afrique, des enfants extraits de leur contexte par le traitement des fonds, paysages traversés par des réminiscences du tout jeune âge. Le terme donne la perspective d’un nouvel élan, comme celui de la pirogue qui reprend le fil de l’eau. Ndar, du nom de Saint-Louis du Sénégal en Wolof, la série la plus récente, prouve, une fois de plus avec la présence d’enfants porteurs d’espoir, que José Ramon Bas s’immerge de plus en plus profondément en Afrique, avec tendresse et respect.
Inclassable poète, tout à sa liberté et à ses découvertes, José Ramon Bas, finalement, reste un délicieux enfant, inventif et rieur, un voyageur bricoleur qui ressemble beaucoup aux petits capables de s’émerveiller et de s’inventer de merveilleux jouets avec tout ce qui les entoure. Cela fait beaucoup de bien.
Christian Caujolle







